EL FRENTE AMPLIO EN SU (¿EXTRAÑAMENTE?) HORA MÁS CRÍTICA


Por primera vez desde que yo tengo uso de razón política, un grupo de poder e interés compuesto por profesionales de los partidos tradicionales desplazados de varias estructuras del Estado de las que formaban parte o en torno de las cuales orbitaban están logrando intervenir en “la interna” de la izquierda uruguaya alimentando un proceso de balcanización que naturalmente no fue iniciado por sus acciones pero en cuyo marco han sabido desenvolverse y se están desenvolviendo con extrema lucidez y profesionalidad.

¿Por qué ha podido tal cosa ocurrir? Es, naturalmente necesario, preguntarse.

Algunas respuestas simples podrían ser del orden de las siguientes.

Porque el Frente Amplio no funciona.

Porque la gestión de gobierno ocupa (absorbe) a las mentes más inteligentes de la izquierda.
Porque la competencia entre grupos por la hegemonía al interior de la izquierda con algunos actores “sobreexcitados” en su ambición de poder personal ha facilitado procesos de polarización política.

Por esto y por aquello, como diría el viejo sabio.

(Como los asuntos arriba enunciados evidentemente forman parte del problema yo he decidido votar en las internas por Juan Castillo a la Presidencia del FA, al que considero el único de los candidatos distanciado de los intereses sectoriales de corto plazo y cuya radicalidad democrático – unitaria necesaria para iniciar el proceso de refundación de la organización política ya ha sido puesta a prueba en el PIT - CNT).

Por esto y aquello sí, y las elecciones internas buscan responder a esos problemas. Sin embargo, las elecciones internas son una anécdota, si la elite de la izquierda no reflexiona hondamente sobre las causas profundas por las cuales ha podido ocurrir que decenas de militantes intermedios del Frente Amplio estén siendo manipulados por actores externos que con lúcida profesionalidad han sabido por vez primera utilizar las vulnerabilidades de una mentalidad política todavía no superada por cientos de cuadros frenteamplistas, algunos de los cuales se sorprenderían si alguien los calificase como lo haré en seguida, pero que es en base a esa forma de interpretar la praxis política con la que actúan.

Esa mentalidad política es el estalinismo.

EL ESTADO

Hay razones suficientes para que tendamos a creer que el poder es “lo que está arriba”. Dios viene de allá. También el Estado fue situado simbólicamente arriba, lejos y arriba y los monumentos a su “gloria” eran altos, altos e imponentes.

Así debía ser, el Estado nacional demandaba que en su honor entregásemos la vida cuando fuese necesario.

“El sacrificio por la individualidad del Estado representa la relación sustancial de todos con el todo y, por tanto, represente un deber general”, escribía con toda seriedad Hegel en su Filosofía del Derecho.

Si en el extremo el “espíritu absoluto” que sustituye a Dios, el Estado, puede disponer de la vida singular de cada individuo para asegurar “nuestra” supervivencia, podrá, naturalmente, “disciplinarnos” o bien según una moral hegemónica en la peor versión o bien según el derecho positivo en la mejor. No obstante, el Estado no es “todo”, según vinieron a demostrar más lúcidamente Marx primero y Gramsci, Foucault y Habermas luego.

EL REPUBLICANISMO

La idea iluminó la sublime inteligencia de Maquiavelo como una revelación: el poder sin límites dispone de una atroz capacidad de destrucción de los tejidos de la comunidad y sin embargo, a primera vista pareciera que únicamente haciendo uso de esa capacidad el que lo detenta es capaz de preservarlo.

De tal suerte, limitar la capacidad destructiva del poder en todos sus niveles resultaba esencial a la supervivencia de una nación. Hobbes y Rousseau reflexionaron centralmente sobre ello. Montesquieu, Jefferson, y Hannah Arendt fueron aún más lejos. Observaron que la forma de establecer límites al poder estatal por parte de la sociedad política, de la comunidad, de las instituciones, debía idearse de modo sofisticado, para no convertir al poder, en su capacidad de realización organizadora, en un monstruo impotente ni a la propia sociedad en una manada limitada en el ejercicio de su libertad individual.

Ni un monstruo destructor, ni un monstruo impotente.

Esa creación original y sofisticada es, como ya lo habían intuido Maquiavelo, Jefferson y muchos otros, el republicanismo.

El establecimiento de reglas de juego que al mismo tiempo que conceden legitimidad al poder de las instituciones democráticas establecen mecanismos para que el propio soberano, la sociedad organizada, pueda controlarlo.

En periodos no revolucionarios, en los que es dable analizar e implementar transformaciones estructurales muy hondas, a veces civilizatorias, la principal función del sistema de partidos es no casualmente controlar posibles desbordes de cualquiera de sus integrantes, (es decir el tema de la libertad y los derechos de los individuos) y tal responsabilidad también ocupa un lugar preponderante en la agenda de la sociedad civil organizada que sin embargo frecuentemente participa sustancialmente de la acción en relación con la cuestión de la igualdad.

El normal desenvolvimiento de estas posibilidades de la acción democrática tiene lugar sin embargo, únicamente en un escenario de garantías, de pesos y contrapesos que no involucran únicamente al vértice del poder estatal, sino a todos los estamentos y agentes en condiciones de ejercer algún tipo de decisión que afecta la libertad de cualquier ciudadano. El abuso de poder es algo que puede darse en cualquiera de los niveles de las instituciones de la democracia por parte de un número muy significativo de sus principales agentes con capacidad de decisión.

(En el Uruguay la tradición republicana ha penetrado hondamente en la cultura política y en la vida de las instituciones de la democracia desde lo más hondo de la historia en sus períodos fundacionales: Artigas fue vivamente influenciado por Jefferson; Don José Batlle y Ordoñez imaginó el sistema colegiado de gobierno con igual propósito garantista y nuestro principal filósofo, Carlos Vaz Ferreira desde su igualitarismo individualista radical educó a generaciones en estas ideas).

EL LENINISMO ESTALINISTA

¿Qué es el leninismo después de Lenin?: un marxismo sin crítica, es decir un marxismo – contra Lenin- sin política. Y por qué pudo surgir de una filosofía de la praxis, es decir, crítica. Para responder a esta inquietud hay que preguntarse otra cosa. ¿Qué es el leninismo en su sustancia? Es la doctrina según la cual no existe ninguna posibilidad de concretar la superación de la sociedad dividida en clases si quienes aspiran a implementar esa transformación no acceden al control monopólico del poder del Estado - nacional. Sin acceder por parte de una vanguardia de forma monopólica al poder del Estado.

¿Por qué es relevante para la izquierda realizar la crítica de esa doctrina y de sus consecuencias? Porque de esa lógica y de la radicalidad de su discurso surge una mentalidad, una manera de actuar en la praxis política que inexorablemente conduce a instalar el conflicto amigo – enemigo en la centralidad de la cuestión política anulando cualquier posibilidad de desarrollo de una cultura democrática.

Se produce una distorsión del análisis marxiano sobre la lucha de clases sustituyéndola por un discurso que legitima la violencia ya no en función de un momento, un instante del conflicto, sino como método. Dos intelectuales con reflexiones de apariencia revolucionaria y que derivaron en sustento teórico del fascismo y el nazismo percibieron ya hace un siglo las vulnerabilidades que abría la consolidación de esa lectura estalinista de la obra de Lenin y la usaron, de una manera u otra, contra el propio proceso de transformación de la sociedad: Georges Sorel y Carl Schmitt.

A la postre, la degradación de la búsqueda de legitimidad en la sociedad por parte del propio discurso transformador, como percibió Gramsci sin entrar en debate directo con Lenin por razones obvias, (escribió, reflexionó cuando todavía podía dársele cierto crédito a la Revolución Rusa) conduce a una no – ética política según la cual “el fin justifica los medios”.

Esta mentalidad a su vez, establece como inviable al pluralismo y con ello a cualquier construcción político cultural civilizatoria.

¿Por qué ocurrió? La obsesión de Lenin por llevar a cabo la revolución en Rusia, Alemania, Inglaterra y Francia acaso desesperado ante la observación del ritmo al que la burguesía se consolidaba en el control profesional del aparato del Estado nacional hacia fines del Siglo XIX le llevó, en “El Estado y la Revolución”, a dogmatizar dramáticamente a Marx, cuya voluntad revolucionaria no necesitaba el añadido de un discurso tan radicalmente no político, como vino a poner de manifiesto, sin someter a crítica al líder revolucionario ruso, pero “trabajando” otra lógica, Antonio Gramsci.

Lo que Gramsci esencialmente percibió es que la acción de imposición violenta de una “moral excluyente” (por eso de tipo religiosa) en el afán por acceder o conservar el poder del Estado destruye a la comunidad y convoca a los heridos y a los hijos de los muertos a reunirse para vengar la acción destructiva, no meramente por un sentimiento humano (los animales no se matan salvo excepcionalmente entre integrantes de una misma especie) sino por el afán razonado de evitar a sus descendientes el mismo conflicto violento.

Ya los griegos comprendieron esto y por ello inventaron la democracia.

Las lógicas de preservación del poder de todas las mentalidades totalitarias se limitan instrumentalmente a las que derivan de la imposición de la fuerza, pero políticamente el poder no se alcanza nunca por tiempos prolongados (la única manera que habilita alguna forma de transformación sustancial), si no se sustenta en una cosmovisión cultural que probadamente resuelva problemas propios del tiempo histórico tomando en consideración la suma de saberes y la evolución de las fuerzas productivas que cada civilización va alcanzando.

APUNTES DE COYUNTURA

Desde el punto de vista de la unidad de la izquierda, la mentalidad “estalinista” de la que son portadores como un virus decenas de dirigentes y militantes de todos los sectores, aunque muchos de quienes la practican se sorprenderían de ser calificados así, tiene una particularidad, es fácilmente manipulable.

Esa transversalidad de la mentalidad estalinista es lo que fundamenta por qué me ha parecido siempre despreciable la pretensión de instalar en la izquierda la polarización renovadores y conservadores así como esa otra vulgaridad de igual procedencia de quienes se creen ellos mismos los únicos revolucionarios legítimos irradiando desconfianza en todos los demás.

Un fiscal, un dirigente sindical, un empresario, cualquiera puede incurrir en prácticas estalinistas ( aunque difícilmente esto pueda ocurrir por mucho tiempo en cualquier institución estatal porque el sistema de contralores republicanos en la democracia uruguaya todavía es parte sustancial de sus lógicas de funcionamiento) y hasta puede pasarse de contrabando detrás de un discurso revolucionario que busca tal o cual finalidad una práctica que procura en realidad satisfacer intereses de poder no controlados por ninguna estructura partidaria democrática. Cualquiera puede ocultar incluso ambiciones personales detrás de ese discurso presuntamente revolucionario pero que siempre e inexorablemente conduce a una degradación moral del proyecto político de transformación de la sociedad.

Es esta mentalidad la que ha propiciado que los grupos de poder más inteligentes y organizados de la derecha se estén haciendo un festín con el proceso de balcanización de la izquierda, estimulado por tirios y troyanos e intervienen azuzando conflictos en los cuales se juzga sumariamente a otros, se establecen polarizaciones vacías de contenido, se desarrollan y ahondan las desconfianzas entre las diferentes tradiciones que componen el Frente Amplio…

La consecuencia más grave de esta intervención sobre terreno cultivado por las propias carencias críticas es sin embargo que ha obstruido el proceso de acumulación política de la izquierda cuando, como lo han demostrado con solvencia técnica Mario Bergara y Daniel Olesker (por citar dos textos recientes) en áreas estratégicas las transformaciones que han tenido y tienen lugar en la economía uruguaya deberían haber incrementado significativamente el respaldo de la sociedad al proyecto político frenteamplista.

Lo que la izquierda ha hecho en siete años de gobierno es profundamente revolucionario tomando en consideración la complejidad del mundo en que habitamos, sin embargo, el discurso pequeño burgués del desasosiego que tan hondo cala en la mentalidad estalinista ha logrado permear a una buena parte de la elite de la propia izquierda, inviabilizando la generación de un entusiasmo transformador que acompañe el proceso y generando al mismo tiempo, espacio de intervención manipuladora sobre las mentes y las prácticas de muchos de los componentes partidarios con capacidad de decisión.

Es fácilmente observable asimismo y dicho sea al pasar porque no es el tema de fondo, la acción de “frenteamplistas” con perfil falso o recién llegados cuya trayectoria se desconoce operando en las redes sociales azuzando la balcanización.

No puede dejar de hacerse notar, en estos apuntes más bien a las apuradas, aunque pueda parece a priori un tema menor, que ciertamente hay componentes estructurales que facilitan esta acción desestabilizadora de la calidad de la cultura política de la izquierda: en muchos campos hay mucho dinero en juego.
Dinero en la forma de un incremento muy significativo de la capacidad de acceder a niveles de vida impensados para muchas personas antes de que la izquierda llegase al poder. Se sabe que una vez que se accede a esos privilegios a nadie le agrada perderlos.
Acceso a dinero porque los actores se desenvuelven en sectores de la economía en notorio crecimiento, porque orbitan en torno a la toma de las decisiones o forman parte de la estructura estatal donde ellas se toman. Dinero cuya obtención frecuentemente se justifica en acciones para “la corona” (no necesariamente en forma de coimas sino de construcción de espacios de poder) (el fin justifica los medios) pero que en realidad encubren la satisfacción de muy humanos apetitos personales de poder. Otra forma al uso de justificación de prácticas excluyentes, (conspiraciones que diseñan concentración de poder en unas manos y no en otras) se legitiman directamente en subjetividades “argumentadas” así de seriamente: el antitabarecismo (fijate vos otra vez ese viejo), el anti topolankysmo, (fijate vos esa kirchnerista), el antiastorismo (fijate vos ese neoliberal). “Fijate vos que tal o cual está construyendo poder para el “astorismo” contra Tabaré, o para Tabaré contra Astori”, con lo que parece que resulta suficiente “argumento” para disputar a muerte espacios en tal o cual lugar donde se manejan recursos de la cooperación internacional o en algún sector del mercado y así…. Cosas así, de enorme grandeza.

Si el partido político no observa, sin perseguirse pero con rigurosidad, la emergencia de estos fenómenos y sus consecuencias en la calidad de la praxis transformadora, en el contexto de la sociedad en que habitamos, es un camino seguro a la degradación de su legitimidad transformadora.
En general, se tiende a criticar al poder mirando hacia arriba, lo que es razonable, como vimos antes, pero este estado de situación hace necesario mirar en todas direcciones, tanto los posibles desbordes por razones de dogmatismo ideológico y pretensión de poseer una moral excluyente, (la única que vale es la mía, tan propia del estalinismo), como los desbordes que derivan de un desmadre de las ambiciones personales ya sean políticas o pecuniarias.

Por ello es importante también la elección del Presidente del Frente Amplio, porque tiene que ser la organización que reúne a todos los sectores,
- el amiguismo suele ser terriblemente pernicioso en la práctica política - el que desenvuelva acciones de control de posible desvíos. En este campo también confío en Juan Castillo.

No se trata de juzgar sumariamente el desempeño de las personas, ni las presuntamente muy encumbradas ni de las que operan en espacios menos visibles, se trata de mirar el desenvolvimiento de los actores con inteligencia política y rigor ético ajustándose a las exigencias de una cultura democrático republicana por suerte metida en la médula de la sociedad uruguaya.

Finalmente, cualquiera comprende que la aproximación del momento en que va a definirse el liderazgo futuro de la izquierda tanto en relación con la disputa por la candidatura presidencial como en el perfilamiento de los dirigentes sectoriales que sucederán a los ya veteranos hoy todavía consolidados en la opinión pública es otro componente sustancial que habilita la acción de actores externos en el proceso de balcanización que viene teniendo lugar desde hace por lo menos tres años.

La resolución de esta pugna, desde una perspectiva inteligentemente sistémica, (sistémica desde el punto de vista de la institución Frente Amplio y por tanto de su proyecto político), no va a resolverse con exhortaciones del deber ser.

Debiera ser así o asá por que la moral de la izquierda, la historia común, el futuro pluscuamperfecto etcétera. Esos llamamientos no resultan más que exhortaciones voluntaristas porque el animal humano – todavía los que aspiramos a viabilizar una sociedad sin clases no hemos generado las condiciones para el surgimiento del hombre nuevo- se mueve aún esencialmente por razones de interés, dogmatismo ideológico / religioso (contra el cual advirtieron Marx, Engels, Lenin y Gramsci sin excepción) o vanidad, de suerte que únicamente la inteligencia política logrará diseñar las reglas de juego consensuadas para recrear el frenteamplismo en su mejor versión.

A Tabaré Vázquez, José Mujica y Danilo Astori. A los emergentes Raúl Sendic, Daniel Martínez y Fernando Lorenzo así como otro dirigentes sectoriales de peso como Lucía Topolansky, Enrique Rubio, Juan Castillo les cabe una responsabilidad histórica para la cual ojala estén a la altura.

Esto de observar todos los días cómo una organización política que tuvo la sabiduría de superar un intento de destrucción para el cual se utilizó hasta el aparato coercitivo militar del Estado es manipulada desde afuera utilizando con profesionalidad y lucidez sus debilidades internas resulta ya un espectáculo penoso que es hora de resolver radicalmente.

La única manera de hacerlo es ponerle límites a todos los desbordes desde una conducción política que como quiso siempre el General Líber Seregni piense tácticamente con rigor intelectual, estratégicamente con hondura y políticamente con democraticidad, imaginación y amplitud.

Gerardo Bleier

I.


Antes de abandonarnos, pues eso hizo, tuvo la preocupación de legarnos su sutileza. Ordenó algunas ideas que fueron publicadas como “Epílogos y Legados”. *

¿La mentalidad colectiva es una prisión de la que nadie puede escapar?” ¿Una de las estructuras que dan larga duración a las culturas, una de las formas del destino? y ¿”Cómo se explicaría entonces el cambio?” Inquirió para perturbarnos desde el cielo de la inteligencia.

En España durante siglos las familias pudientes organizaban, (para preservar privilegios), la reproducción de su influencia disponiendo la preparación mental de un hijo para que siguiese el oficio militar, de otro para que se integrara a las estructuras de la Iglesia Católica como sacerdote, de otro para ocuparse de los negocios de la familia y de alguna de las mujeres para ser “entregada” a algún patricio.

Tales conductas generaron naturalmente comportamientos sociales conservadores.

¿Cómo se explicaría entonces el cambio que condujo de esa tradición semifeudal a una expresión tan rica, plural y revolucionaria, como la que se expresa en estos días en que escribo en las calles de España por parte de comunidades de individuos que exigen la ruptura de las elites políticas con las elites privilegiadas para acentuar la calidad de la democracia?

¿Y cómo los acontecimientos del África mediterránea, donde las protestas son salvajemente reprimidas por regímenes, además, autoritarios?

¿Qué explica el cambio?

¿Únicamente las transformaciones operadas en la estructura de las economías, en el desarrollo del capitalismo, en la mundialización de la economía, en la internalización de los nuevos conocimientos emanados de la revolución científico técnica, pero también en la síntesis cultural que se produjo en la mentalidad europea como consecuencia de las experiencias totalitarias (el fascismo, el estalinismo) que millones de personas padecieron durante el Siglo XX?

Hace algunos años Vania Markarian publicó un ensayito en el que puso en evidencia como la lucha por los Derechos Humanos de las comunidades de exiliados uruguayos de los partidos de la izquierda revolucionaria presupuso un aprendizaje de la cultura democrática. La generación de estudiantes y obreros que lucharon contra la dictadura en el propio territorio uruguayo, al padecer en la carne y el espíritu las consecuencias del totalitarismo, el aprendizaje democrático lo hicieron por mero contraste. El contraste vívido entre los relatos de sus padres acerca de la calidad de la democracia uruguaya de las primeras décadas del siglo XX y los horrores que les tocó padecer primero como observadores entre los años 71 y 79, luego como protagonistas de la lucha para derrotar a la dictadura entre el 80 y el 84.

Gerardo Bleier
* José Pedro Barrán Epílogos y Legados Escritos inéditos. Testimonios. (Ediciones de la Banda Oriental)

II.

En febrero de 1976, posiblemente, Eduardo Bleier, uno de los detenidos desaparecidos de la dictadura uruguaya, fue arrojado a una especie de cuneta cubierta por tablones. Fue enterrado vivo y se hizo pasar por encima de él a otros presos. Había sido torturado salvajemente, internado en el Hospital Militar, recuperado mínimamente y vuelto a ingresar en las sesiones de tortura.

Muerto en la primer semana de julio de ese mismo año su cuerpo no fue entregado a su familia, eso significaba reconocer el asesinato de un inocente maniatado, sino enterrado en un cementerio clandestino ubicado en el Batallón 13 de Infantería.

En algún momento entre octubre de 1984 y marzo de 1985 sus restos, junto a los de otros detenidos desaparecidos que corrieron la misma suerte, se afirma, fue desenterrado, trasladado a otro predio militar, el Batallón 14, enterrado, vuelto a desenterrar, incinerado y sus restos hechos “desaparecer” arrojándolos en el Río de la Plata según algunas versiones, en un arroyo cercano, según otras. Nadie vio nada. Hasta hoy. Desaparecer lo desaparecido, ocultar el horror y proteger a los responsables de esas atrocidades constituyó así un modo de encubrir la monstruosidad política y MENTALMENTE enferma del fascismo ultranacionalista uruguayo, pero también un modo de obstruir la investigación y reconstrucción transparente de las responsabilidades políticas y de los grupos de interés económico que participaron de ese encubrimiento.

Yo tenía poco más de veinte años, cuando ante mi, una mujer que había estado presa junto a mi padre me relató la escena del enterramiento, dijo no recordar si tenia o no, pero cree recordar que sí, un tubito para respirar, a pesar de que los tablones no cerraban herméticamente la zanja.

Relató, ya quebrada, que en esos mismos días de particular horror ella fue violada y entró en coma, de suerte que no pudo darme datos sobre qué pudo haber pasado con Eduardo Bleier, mi padre, luego de aquel episodio.

Durante la dictadura uruguaya muchas, muchas, muchas mujeres fueron, en las sesiones salvajes de tortura, violadas luego de permanecer colgadas por los brazos, atadas por las muñecas a un gancho del que pendían en el aire, a medio metro del piso.

Las generaciones anteriores a las que protagonizaron la crisis que concluyó en la dictadura militar habían padecido el agravamiento de los conflictos sociales derivados de la decadencia de un país cuya economía se había estancado durante dos décadas y que apenas crecería durante los siguientes treinta años. Habían observado el esfuerzo de una oligarquía ultraconservadora por asegurar a cualquier costo la preservación de sus privilegios derivados de una economía agraria casi feudal, de un sistema financiero provinciano al servicio de facilitar la evasión a empresarios argentinos, pues el modelo de sustitución de importaciones con que el algún momento lo mejor de la elite política procuró evitar la catástrofe poco éxito podía tener en un país con una población inferior a los tres millones de habitantes.

Durante la dictadura, miles de presos, miles de proscriptos, miles de ciudadanos destituidos de sus empleos, miles de perseguidos, miles de exiliados, fueron produciendo a partir de una lectura de los acontecimientos que protagonizaban, una actitud de culto al pasado democrático por algunos de ellos vividos como experiencia personal y por otros recibidos como tradición cultural, y al que contrastaban con los padecimientos que sufrían, con el oscurantismo que los empobrecía en todos los sentidos. Esos ciudadanos y otros que sin padecer directamente lo hacían a través de sus lazos familiares, fueron elaborando una lógica de vida basada en el mero esfuerzo por la supervivencia y algunos, los menos, pero no pocos, generando un profundo resentimiento político que proyectó en un afuera diabólico a los responsables de todo lo ocurrido, opacando todo esfuerzo intelectual autocrítico por discernir las causas profundas que habían precipitado al Uruguay a la decadencia y el autoritarismo.

Lo que describo fue aprehendido por cientos de jóvenes estudiantes y trabajadores que iban interiorizándose de los hechos a través de un relato construido por fragmentos dispersos de testimonios, confesiones privadas a través de terceros, tergiversaciones deliberadas, esfuerzos historiográficos, investigaciones periodísticas. Fue padecido como terror, interiorizado como atropello y como miedo, procesado como rebeldía primero, como orgullo democrático luego, o como impotencia cuando la elite político que condujo la reconstrucción de la democracia decidió tender un manto de silencio y protección sobre los hechos de la dictadura y sus responsables.

Estos acontecimientos Influyeron dramáticamente en la constitución psicosocial de varias generaciones de uruguayos y únicamente comenzaron a cambiar cuando hace muy pocos años, el proceso de modernización de la economía por un lado, y la desarticulación de buena parte de la política de encubrimiento de los hechos y protección de los responsables por otro, fue derrotada.

Uno de los más penosos hechos de la dictadura, que aún hoy perturban la acción política en algunos grupos de izquierda, es la presencia en ellos de personas que padecieron dramáticamente la represión, colaboraron con sus torturadores y siguieron manteniendo algún tipo de vínculo personal con los mismos en los años posteriores.

Con base en este drama, hay quienes han pretendido involucrar a algunas organizaciones políticas de la izquierda como protagonistas de “acuerdos” de silencio o pactos oscuros para ocultar los hechos de la dictadura o proteger a algunos de sus responsables.

Los principales dirigentes del Frente Amplio, de todos las corrientes, conocen los nombres de buena parte de esas personas y han actuado con enorme generosidad humana al evitar desenmascarar su “colaboracionismo sistemático” con el viejo aparato represivo pero se han ocupado al mismo tiempo de irlos desplazando sobriamente de toda capacidad de influencia en las organizaciones políticas de la izquierda frenteamplista y de hacer saber a las nuevas generaciones de dirigentes de quienes se trata para evitar que logren manipular decisiones políticas estratégicas en torno a la temática de los derechos humanos o cualquier otra.

Escribir lo anterior, enunciarlo, ya de por sí, expone el drama, el drama que junto al drama profundo y mucho más significativo de la fractura social que ha tenido lugar durante cincuenta años en Uruguay, junto al drama profundo del deterioro de la calidad de la educación, el empleo y la salud que afecto a cientos de miles de personas, junto al drama profundo de la “mentalidad” de la supervivencia que emergió de los hechos que se describen, junto al drama de la emigración, junto al drama de la impunidad que hasta el año 2004 implementó buena parte de la elite política representan, algunos de los elementos sustanciales, constitutivos, de un tiempo histórico al que hay que superar. 

Gerardo Bleier

III.

El ser humano ha sido entrenado para aprehender lo irracional a través del discurso poético o místico, donde lo incognoscible produce sentido; ha sido entrenado para describir y crear la experiencia a través del discurso literario, para descubrir los acontecimientos a través del discurso científico, y para evolucionar más allá de su ser animal (para producir cultura) y realizar todo lo anterior, ha creado el arte y el discurso político.

El hombre sin embargo, no puede ser entrenado para discernir un sentido ante una acción irracional, (la que al poner en juego la vida de otro pone, a la corta o a la larga, en juego la propia) aunque pueda procurar explicar las causas por las que tal distorsión de lo natural, la posesión de la vida, ocurre.

Como no puede hacerlo creó la idea de potencias divinas, de Dios. Cuando tal idea, que ocupó durante miles de años el lugar de la autoridad, del límite, dejó de ser aceptada por los individuos singulares, el espacio de la irracionalidad de la fuerza destructiva quedó liberado a la acción del poder.

Toda fuerza destructiva es irracional no tanto en cuanto no puede ser explicada, porque puede serlo, sino en cuanto afecta lo que da sentido: la vida, la vida misma.

Carente de límites el hombre deja de sentir culpa y deviene, puro instrumento de la fuerza destructiva original, la lucha por la supervivencia.

Toda ética es por ello apenas una estructura cuyo cometido es asegurar que el otro no inhabilite la potencia de ser de cada uno, la vida singular de cada cual, como aventura pasajera ejercida en comunidad.

Y el Derecho, la institución que garantiza ese único derecho esencial.

La etica y el Derecho son creaciones políticas.

La política es, así, el arte de proteger la vida humana de toda fuerza destructiva, el arte de producir cultura, y organizar al poder, para que la mera fuerza no violente lo que al ser violentado inhibe la propia potencia de vivir del que la ejerce. Es el momento en que el hombre, que puede aspirar a esta igualdad del ser por la posesión del lenguaje, (el pensamiento) se disocia de su bella pero limitante, original, animalidad. La ética y el Derecho así concebidos en su función civilizatoria no inhiben la competencia entre los sujetos, la garantiza como creación política, al imponer a la fuerza física la fuerza de lo único que nos distingue de las demás cosas vivas, la potencia de ser concientes de las condiciones en que el ser puede devenir, ser posible.

La razón por la cual esta construcción cultural (la política) no es mera utopía es sencilla y fue entrevista por el hombre apenas la evolución de las formas de organización de las sociedades puso en evidencia que ningún ser singular estaría en condiciones de preservar la vida sin ella, sin su ejercicio y puesta en acción.

La razón por la cual no hemos todavía generado las condiciones estructurales para que sea aprehendida como sustancia esencial y por ello, garantizada siempre y en toda circunstancia, es que no hemos logrado aún superar los conflictos de clases, la desigualdad originada en la fuerza.

Gerardo Bleier
(Este texto que contiene una noción acerca de la política merecería ser explicado en una exposición mucho más vasta y citando las fuentes en que el autor abrevó para elaborarlo como marco conceptual fundante de su concepción del ser y de la transformación de la sociedad pero aquí cumple meramente la función de articular lo que se ha dicho en “La Izquierda que Viene” I y II que se encuentran más abajo y lo que se va a decir en próximas publicaciones)

IV.

Hasta bien entrada la década del 60 la abrumadora mayoría de la elite política uruguaya era radicalmente democrática, universalista y aún, extremadamente culta.

Las diferencias ideológicas, el sentido de pertenencia a una u otra u otra de las corrientes que en ese momento comenzaban a ingresar en un conflicto al borde de lo político, ya casi militar, no impedía a aquella camada de dirigentes practicar el diálogo entre iguales que se querían iguales, y que por ello preservaban espacio incluso para el culto a la amistad.

Pertenecían casi todos a generaciones que se formaron en el país modelo, el más avanzado en todos los sentidos de América Latina, el más intrincado con el debate político – cultural europeo del siglo XX y todas sus múltiples ya sofisticadas, ya dramáticas resonancias.

Pero el diablo mete la cola donde la cuestión social se va de madre, para decirlo dejándonos influir, como el país no pudo evitar dejarse influir, por la pobreza de las ideas que producía en aquel momento en América Latina la caída del continente en “la guerra fría”.

Algunos libros y cientos de artículos periodísticos aparecidos en aquellos años dan cuenta de cómo el estancamiento de la economía uruguaya pervierte esa cultura democrática, ese orgullo por la singularidad y comienza a generarse algo así como un estupor sin ideas o, lo que es peor, como un caer en remolino en la pendiente de los dogmatismos que emanan de todas los procesos de polarización social.

Al leer aquellos textos, al recoger testimonios de algunos de los protagonistas de aquellos años se percibe nítidamente como la desesperación e impotencia influía en la radicalidad de las posiciones que iban adoptando.

Comenzaba a cuestionarse nada menos, y esto se prolongaría hasta hace muy pocos años, la propia viabilidad del Uruguay como nación.

Libros como “El impulso y su freno” de Real de Azua o “El problema nacional” de Methol Ferré, o la obra de Quijano y Trias ponen de manifiesto cómo la crítica al Uruguay batllista se realiza sin valorar su significación revolucionaria ante la necesidad de las corrientes de izquierda o nacionalistas de articular un discurso con el cual disputarle el poder al Partido Colorado, en el cual el batllismo comenzaba a perder por otra parte, su posición de conducción hegemónica.

No es posible aquí, donde lo prioritario es contribuir a que la nación reflexione todo lo sobriamente que las pasiones permiten sobre el pasado reciente a los efectos de empezar a superar espiritual y culturalmente los traumas con los cuales marcó a la sociedad el fascismo primero y la impunidad con que se protegió a los responsables del terrorismo de Estado despues, compartir una investigación sobre el entramado de causas económicas y geopolíticas que arrastraron al Uruguay radicalmente democrático hacia el autoritarismo.

No obstante, es imprescindible esbozar algunos fenómenos que aun hoy influyen sobre las prácticas políticas (erosionando su calidad) sin que se reflexione serenamente sobre ellos.

Preguntas tales como ¿hubo una guerra en Uruguay?, ¿Justificaba la situación social y política del país la emergencia de una guerrilla? ¿A qué obedeció el deterioro de la democraticidad y consecuentemente la ruptura de la tradición policlasista de dos de los partidos políticos más antiguos de occidente, los partidos tradicionales uruguayos? ¿La emergencia desde la invasión a Guatemala de una acción ya decididamente imperialista de Estados Unidos y sus grandes empresas multinacionales con intereses en América Latina en el contexto de la guerra fría sobre la región? ¿Las perturbaciones provocadas por un nuevo nacionalismo populista influido por los nacionalismos europeos? ¿La influencia de la Revolución Cubana y su hacer aparecer como posible el éxito de una acción revolucionaria para transformar a la sociedad?

Y podrían agregarse muchas inquietudes más, pero las expuestas alcanzan para entrever las causas por las cuales pudo, aunque la abrumadora mayoría de los dirigentes políticos uruguayos no lo percibieron sino hasta febrero de 1973, generarse en el país un amasijo de intereses y disputas económicas y otro de influencias geopolíticas que arrastraron al país no a una guerra, pero a un conflicto incontenible y casi sin capacidad resolutiva desde la política democrática entre la tradición republicana, los ultra nacionalismos, los nacionalismos populistas, una oligarquía conservadora que por primera vez en el siglo recuperaba posiciones políticas y que trenzaba sus aspiraciones con sectores neoconservadores norteamericanos y la pretensión revolucionaria muy influenciada por la escuela del marxismo – leninismo soviético en Europa ya en decadencia de la mayoría de la izquierda uruguaya.

La ascensión de las corrientes fascistas de las Fuerzas Armadas uruguayas al poder, en junio de 1973, la implementación del terrorismo de Estado, la influencia de Estados Unidos hasta 1975 en buena parte de la elite económica y militar, de la revolución cubana que buscaba romper su asilamiento continental en la izquierda hasta 1979 no fue un proceso carente de resistencias político – culturales en todo el arco político e institucional del Uruguay, incluso dentro mismo de las Fuerzas Armadas, pero la prolongación ya por más de treinta años de la crisis económica estructural de la nación facilitó la penetración en el descontento popular de los discursos que prometían poner fin al descontrolado conflicto social, poner “orden”.

De modo que, a cuenta de reflexiones más documentadas puede decirse, a los efectos de la problemática que estos apuntes buscan estudiar, que la dictadura cívico militar en Uruguay no cayó del cielo, impuesta por un demiurgo diabólico, de modo que la manera de superar político – culturalmente los conflictos, dramas y tensiones que de aquella época no será a base de discursos vulgares, (lo blanco y lo negro, los buenos y los malos al estilo Hollywood) sino con penetrante inteligencia, seriedad y vocación democrática.

Gerardo Bleier

V.

La política de la impunidad ya fue derrotada en Uruguay en los últimos ocho, nueve años. Todavía no hemos internalizado como sociedad esa transformación cultural relevante por la dolorosa travesía que ha hecho la izquierda para administrar memoria y olvido de los padecimientos, persecuciones, a que fueron sometidos miles de sus integrantes.

¿Qué es lo que se proponía el fascismo uruguayo cuando trasgredía los límites de lo humano, de lo racional, en las practicas del terrorismo de estado sobre los cuerpos y la mente de los militantes de izquierda?

Marcar a fuego el espíritu de rebeldía, erradicar lo que la izquierda representa de la escena nacional, tal cual lo expusieron explícitamente.

¿Qué se proponía cuando utilizaba a militantes que destruidos en su personalidad y aterrados ante la imagen monstruosa de las torturas que les eran infringidas aceptaban colaborar para escapar a ese calvario?

Marcar a fuego el espíritu de rebeldía, erradicar lo que la izquierda representa en su aspiración universal de transformación de la sociedad.

¿Cual fue la respuesta de la izquierda en su conjunto, de la izquierda como cuerpo político y como cultura?

Recrear el Frente Amplio, recrearlo en sus fuentes y en su inteligencia crítica. Volver a empezar limpiando el alma con base en la pertinaz y pertinente pujanza de sus aspiraciones democráticas y transformadoras.

Y ahora, tantos años después, alcanzado el gobierno e iniciado el proceso de transformación de la sociedad, ¿convertiremos una victoria en una derrota cultural y política, porque de los 30, 40 responsables principales de la práctica sistemática del terrorismo de Estado, algunos se murieron y otros, muy pocos, (según mis registros seis o siete) parece lograrán escapar a la Justicia?

¿Porque la izquierda no va a poner en el centro de sus preocupaciones por Verdad y Justicia alcanzar a los soldaditos que eran obligados por los mandos a participar de las sesiones de torturas no?

Pues tal actitud nada tiene que ver con la sustancia espiritual del ser de izquierda. Aspiramos a generar las condiciones para que el hombre se supere a sí mismo, su original animalidad, y habite en la tierra como individuo libre, para que toda su potencia creativa embellezca la aventura de vivir, para terminar con toda servidumbre, con toda alienación.

Los compañeros asesinados por el fascismo, como dice la más bella consigna con la que se les recuerda con el tesón que corresponde, dice que eran culpables. Culpables de aspirar a transformar el mundo lleno de inequidades en el que habitaban y habitamos.

Tal espíritu no puede en modo alguno, porque la izquierda es pensamiento crítico o no es nada, encubrir en el martirio los errores políticos e históricos que condujeron a un modelo de transformación de la sociedad al más dramático de los fracasos.

Se percibe nítidamente, en muchos militantes de izquierda, cómo al aferrarse al recuerdo del pasado, no como parte de una epopeya transformadora cuyos virtudes y errores es necesario analizar críticamente, sino como “guerra” interminable, como mera reafirmación de sentido, acaso inconscientemente, para reafirmar una identidad que se pretende incontaminada, terminan aislándose de la realidad.

Es por ello que lo que está en juego en el cambio de mentalidad, en la superación crítica de los últimos cincuenta años de la historia del Uruguay, es la capacidad de la izquierda de sentir e interpretar el mundo que viene, y por lo tanto, de seguir siendo protagonista principal de proceso de transformación de la sociedad.

A nadie escapa que es terrible, no ya para las víctimas, sino para la sociedad, dejar algunos episodios de la dictadura con la ambigüedad de un “parece que” como ocurre con la verdad sobre los restos de los detenidos – desaparecidos, por eso asistieron miles y miles de personas a la Marcha del Silencio con que se los recuerda cada año.

A nadie escapa que la derrota del plebiscito de 1989 para anular la ley de caducidad de la pretensión punitiva del Estado fue un fracaso de la sociedad uruguaya, que priorizó alcanzar rápido la estabilidad democrática a la búsqueda de verdad y justicia, sin medir las consecuencias socio – culturales de tal opción.

Se refiere poco, pero la prolongación en el tiempo de la ruptura inconstitucional de la lógica republicana esencial según la cual “todos somos iguales ante la ley” que la impunidad estableció tuvo consecuencias dramáticas en el deterioro de la cultura cívica, en la moral del Instituto Policial y del Poder Judicial, en la formación democrática de varias generaciones.

Pero la impunidad fue derrotada en Uruguay desde la formación de la Comisión para la Paz hasta el juzgamiento de los principales responsables vivos de las practicas de terrorismo de Estado, pues esas acciones fueron permitiendo reconstruir la historia desde la verdad de los hechos, y no desde el encubrimiento deliberado de los mismos por parte de quienes (los hacedores intelectuales de ese encubrimiento) en el fondo pretendían meramente evitar el triunfo electoral de la izquierda a la que aspiraban a situar como causante del advenimiento de la dictadura según el modelo de “los dos demonios”.

Gerardo Bleier

VI.

Lo que la memoria pone en juego es demasiado importante para dejarlo a merced del entusiasmo o la cólera”, escribió, hace ya muchos años en un ensayito titulado “Los abusos de la memoria” el intelectual búlgaro – francés Tzvetan Todorov.
Fundamentaba reflexionando desde la filosofía, la lingüística, la antropología, la psicología, la sociología, que la producción de un relato histórico acerca de episodios traumáticos necesitaba ir rigurosamente en busca de la “verdad factual”, para que el proceso mismo de la construcción de la memoria no reprodujese las causas que originaron el conflicto, para que resultara en una evolución cultural, en un acumulado de experiencias y conocimientos que sustentaran un avance civilizatorio de las sociedades afectadas por esos episodios traumáticos.
La dictadura en Uruguay fue posible por el deterioro de la cultura democrático – republicana generada como consecuencia de los altos niveles de polarización política y social que resultaban de la crisis económica, como consecuencia de diferentes tipos de intereses geopolíticos interviniendo desembozadamente en el contexto de la “guerra fría” y como consecuencia, finalmente, de que procesos similares tuvieron lugar en toda la región, de modo que aún la fortaleza de una tradición asentada en la mayoría de la sociedad como lo demostró muy pocos años después el plebiscito de 1980 no fue suficiente para evitar la catástrofe.

Ni el nacionalismo conservador, ideología de muchos de los promotores del golpe de Estado, ni la defección al democratismo radical del primer batllismo por parte de la mayoría de la dirigencia del Partido Colorado, ni la ansiedad revolucionaria de sectores de la pequeña burguesía uruguaya fuertemente golpeados por la crisis económica que deterioraba su calidad de vida, ni la ambición de ir hacia el “socialismo real” de los partidos políticos que sustentaban su acción en el marxismo – leninismo, ni siquiera el “tercerismo”, buena parte de él permeado por el populismo latinoamericano, esa especie de anti -imperialismo escolástico con el que se pretendía dar por superado los diferentes intereses de clase y encubrir las propias deficiencias culturales, puede esgrimir argumentos serios que los eximan de toda responsabilidad en la crisis de la democracia, en la desvalorización de la política, en la escalada militarista que concluyó en el golpe de Estado de 1973.

A unos pocos políticos, en cuyo homenaje menciono a los principales, Líber Seregni, “paz para los cambios y cambios para la paz”, Wilson Ferreira Aldunate y Zelmar Michelini, que procuraron por todos los medios generar espacios para la formulación de acuerdos políticos que permitiesen evitar el golpe) Maneco Flores Mora (que hizo lo propio desde el Partido Colorado) y José (Pepe) D´Elia, Presidente de la central obrera, será posible “librar de toda culpa” cuando se juzguen con más distancia los acontecimientos de fines de la década del 60 y principios del 70, pues se percibirá entonces que fueron los que mejor comprendieron la complejidad de los sucesos.

Por la razón que se indica más arriba, resulta de una vulgaridad impropia de la formación intelectual de algunos de los diseñadores de la política de la impunidad, la pretensión de eximir de responsabilidades a la mayoría de los actores del sistema esgrimiendo la lógica de los dos demonios (fascismo y comunismo, aunque se hace énfasis en el MLN por sus acciones armadas) y lo que es peor, pretendiendo utilizar ese argumento de caricatura para juzgar de la misma manera a los grupos que decidieron tomar las armas en el contexto que viene de describirse con los que ejecutaron con sanguinaria frialdad las prácticas del terrorismo de Estado, violentando el estado de derecho desde el poder, convirtiendo al Uruguay en una cárcel, a su sistema educativo y sus instituciones públicas en monasterios totalitarios y pretendiendo todavía, luego cuando fueron derrotados por la movilización de la sociedad democrática, asegurarles protección eterna.

Por lo que viene de decirse, centrar el debate y el esfuerzo de superación espiritual y cultural de toda una época del Uruguay en una ley, la de la caducidad de la pretensión punitiva del Estado, es por decir lo menos, de una torpeza indignante.

Por estas y otras consideraciones ya expuestas en las notas anteriores de esta serie, tan cierto es que la vigencia de la ley de caducidad, inconstitucional y violatoria del básico principio de la separación de poderes es perniciosa para el fortalecimiento de la democracia uruguaya como que su derogación no puede plantearse sin buscar las formas de lograrlo (aún a riesgo de no poder hacerlo) dentro del más irrestricto marco de la aceptación de las reglas de juego de la democracia republicana, en la que las voluntades políticas a veces alcanzan sus objetivos, a veces no, según la inteligencia que se tenga para lograr o no, el respaldo de la mayoría de los ciudadanos.

El argumento según el cual, algunos asuntos, como el respeto a los derechos de las minorías o el juzgamiento de los delitos de lesa humanidad deben quedar por fuera de la regla de las mayorías es precisamente una de las razones que han sustentado la fortaleza civilizatoria de la democracia republicana y el avance de algunos principios universales establecidos en el derecho internacional. Pero lo mismo ocurre con la incorporación a las normas de la democracia republicana de mecanismos de democracia directa como los plebiscitos.

Si un partido político decide recurrir a ese instrumento y no logra sus objetivos, no puede luego borrar con el codo lo que escribió, equivocadamente, con la mano. Lo cual no quiere decir, naturalmente, que renuncie a sus objetivos políticos.

El proceso político que concluyó con el triste espectáculo de un debate repetitivo y superficial sobre el pasado reciente es el resultado de una oposición que tiene cola de paja, y de una izquierda cuya firmeza democrática está fuera de duda, pero que todavía no termina de asimilar como cultura el sentido republicano de la concepción del poder. (Acerca de este asunto se profundizará en próximas notas)

¿Por qué no puede? ¿Por qué no debió intentarlo?

Porque todo proceso político que aspira a transformar la sociedad no puede sino sustentarse en la legitimidad de sus presupuestos conceptuales tanto como en la eficacia de sus realizaciones.

O poder puede, pero se condena al fracaso de antemano.

Las razones por las cuales el partido Frente Amplio se desempeñó tan desenfocadamente en su último esfuerzo por derogar (anular, aunque tal cosa no es constitucionalmente posible) la ley de caducidad, no radican en el tesón con que algunos actores (PCU, PVP, NE) se propusieron ese objetivo en el marco de una situación coyuntural particular que acaso analice al concluir estos apuntes, sino en la MENTALIDAD no republicana que todavía es preponderante en la mayoría de los viejos dirigentes de todos los sectores.

Por esa razón, porque hay responsabilidades culturales compartidas, además de no parecer prudente, no es pertinente, iniciar ahora una campaña de demonización de los sectores más activos en esa acción.

Reproducir la polarización “renovadores y radicales” para ver si se les cobra cuentas a quienes (es cierto muy erradamente) impulsaron las formulas finalmente fracasadas, tanto el plebiscito junto a los pasados comicios como el proyecto interpretativo con pretensión anulatoria de la ley de caducidad implica un trasladar la responsabilidad para evitar la reflexión sobre las causas profundas del monumental yerro.

En última instancia, la crisis no asumida, no reflexionada críticamente de una identidad, de una mentalidad, de una manera de ser de izquierda elaborada a los ponchazos durante los sesentas en América Latina explica buena parte de las inconsistencias político – culturales de cientos de militantes y dirigentes de izquierda.

Si el triste espectáculo que TODO el Frente Amplio protagonizó en los últimos meses en relación al debate sobre la ley de caducidad es aprovechado para estimular una reflexión crítica, cultural e ideológica, es altamente probable que una vez más, como ha ocurrido tantas veces, la izquierda en su conjunto salga fortalecida.

Lo que está en juego, merece ser subrayado, es la unidad de la izquierda, y aún, la continuidad del proyecto político – cultural que se inició con el gobierno del Dr. Tabaré Vázquez, pues no es posible seguir gobernando con eficacia sin partido político y el Frente Amplio no es hoy un partido, ni siquiera una suma de partidos, y menos que menos un movimiento. Paradójicamente sin embargo, el frenteamplismo como cultura radicalmente democrática y republicana, resultado del legado de Seregni y de la experiencia de los jóvenes militantes durante la dictadura, es la más influyente de las expresiones políticas y sociales del Uruguay.

Gerardo Bleier

VII.

Como ya había observado Montesquieu siguiendo a Libio y nos enseña Hannah Arendt en un apabullante libro titulado “Sobre la revolución”: “sólo el poder contrarresta al poder”.
 Conviene compartir la frase completa en la que Hannah Arendt recuerda la significación de Montesquieu en los procesos revolucionarios: “El descubrimiento, contenido en una frase, apunta hacia el principio olvidado que sustenta toda la estructura de la separación de poderes: sólo el poder contrarresta al poder, frase que debemos completar del siguiente modo: sin destruirlo, sin sustituir el poder por la impotencia”. 

La referencia viene a cuento porque precisamente en este momento la sociedad global enfrenta un dilema civilizatorio, de sentido…esencialmente referido a la re estructuración del poder. 

En la sociedad de la comunicación y la inteligencia colectiva la operación política instrumental a la que denominamos gobernar está sometida a una complejísima dialéctica en la que intervienen al mismo tiempo fenómenos tales como la progresiva descomposición de los Estados nación, la sin embargo todavía plenamente vigente y casi irracional competencia entre las economías de los Estados nación, (de la cual depende la capacidad de dar satisfacción a la calidad de vida de sus habitantes) la disrupción de los mecanismos universalistas mediante los cuales las sociedades producían relatos culturales homogéneos (la religión, la moral hegemónica, el trabajo alienado) al mismo tiempo que el surgimiento de una nueva noción de lo comunitario autónomo. 

Una nueva noción y praxis de lo comunitario como espacio de construcción afectiva diferente a la de la familia tradicional, una nueva noción y praxis de lo comunitario (medianas empresas que son asociaciones de varias pequeñas empresas -diseñadores, productores de software-, cooperativas de producción, grupos de individuos cada cual con su saber que se juntan para realizar servicios de consultaría, etcétera), como espacio de realización mediante la competencia en el mercado a partir de la suma de destrezas creativas. 

Estos fenómenos y otros de carácter geopolítico y tecnológico que no es posible exponer aquí comienzan a erosionar las bases de sustentación del poder tal y como había operado en la sociedad industrial. 

Volvamos a la sentencia de Arendt, “sólo el poder contrarresta al poder, frase que debemos completar del siguiente modo: sin destruirlo, sin sustituir el poder por la impotencia”. 

Para que las prácticas políticas mediante las cuales se administra y organiza el poder resulten eficientes a su razón de ser: asegurar el derecho a la vida de cada individuo particular, generar las condiciones para el desarrollo de la cultura, es necesario disponer una consistencia de la capacidad de gobernar mediante equilibrios que garanticen que ningún grupo de interés podrá imponerse a otros. 

Es lo que se ha logrado en algunos países durante el siglo XX al impulso de las ideas de las revoluciones inglesa, americana y francesa, al impulso de las luchas obreras influenciadas por la tradición basada en las ideas de Marx y Engels, es lo que significa la democracia republicana cuando ha sido complementada con Estados de Bienestar cuya función esencial fue resquebrajar la inevitable tendencia del capitalismo a reproducir el poder más o menos en los mismos grupos de privilegio. 

Las intervenciones totalitarias, tanto las fundamentadas en el ultranacionalismo racista como en el leninismo, han generado mecanismos institucionales en los cuales ningún poder contrarrestaba al poder, razón por la cual, al inhibir al hombre de su libertad creativa pretendiendo forzarlo a aceptar una construcción ideológico – religiosa no hizo más que producir una sociedad oscura que implosionó. 
(Al releer la forma en que lo he escrito no he podido dejar de recordar a Kafka y a Milán Kundera). 

 “Otra vez de nuevo”, como decía el general Líber Seregni, retomemos la frase leit motiv de estos apuntes: “sólo el poder contrarresta al poder, frase que debemos completar del siguiente modo: sin destruirlo, sin sustituir el poder por la impotencia”. 

La referencia viene a cuento porque precisamente en este momento la izquierda uruguaya viene de generar un error en el que puso en juego su legitimidad, nada menos que su legitimidad político – cultural, al pretender enmendar una catástrofe (la imposibilidad de juzgar algunos hechos del terrorismo de Estado) mediante una fórmula que violentaba todo el acumulado civilizatorio logrado en sacrificadas y heroicas luchas por el republicanismo radical democrático durante los últimos doscientos años. 

Una de las características de la época en que vivimos reside en que no existe en este momento al interior de ningún país estructurado en base a las lógicas democrático republicanas y la tradición de los Estados de Bienestar ningún poder que pueda imponerse totalmente a otro poder. 

Fue precisamente esa la razón por la cual el neoconservadurismo ultraliberal de los noventas pretendió deshacerse de los instrumentos del Estado de bienestar, que a su vez ya se encontraba jaqueado por la emergencia del fenómeno chino y la globalización. 

La facilidad con que se trasladan de un lado a otro del mundo los emprendimientos productivos buscando mano de obra barata debilitó la capacidad recaudatoria de los estados de bienestar… 

El Estado de Bienestar desprovisto de todo burocratismo, operación posible como consecuencia del desarrollo de las nuevas tecnologías cibernéticas en red, el Estado de Bienestar estructurado sobre una democracia republicana sólida es la forma de organización de la sociedad revolucionaria de nuestra época, pues es la única que posibilita el empoderamiento de los desheredados de la tierra, la fragmentación del poder en múltiples poderes, la fiscalización del poder por parte de la sociedad. 

El Uruguay, un poco por tradición, otro poco por las características presentes de la economía global, por la emergencia de nuevos actores en el escenario geopolítico mundial, por la presencia del estado en áreas claves de la estructura productiva doméstica (ANCAP, ANTEL, BROU, AFAP República, UTE, OSE, CND, ANII y un etcétera más discutible, por excesivo) es uno de los pocos países en el mundo que puede aspirar seriamente a desarrollar un modelo de sociedad radicalmente democrático e igualitario. 

¿Cómo puede la izquierda uruguaya no procesar político culturalmente un discurso y una praxis modernizadora y en el contexto del mundo actual innovadoramente revolucionaria y en cambio reproducir hasta el hartazgo quejidos, gruñidos, y lamentos pequeño burgueses, cuando tiene a su disposición la posibilidad de hacer historia? 

Por la riqueza de su tradición, por la inteligencia de su concepción unitaria para la izquierda uruguaya, ninguna otra preocupación puede ser más relevante en el esfuerzo por conducir el proceso por lograr la superación de los traumas del pasado y la modernización solidaria del país que la cuestión democrático republicana y desde esa cultura la diversificación inteligente del poder no para no hacerlo impotente, menos que menos omnipresente, sino más humanamente eficiente en su sentido político y económico. 

¿Por qué no termina entonces de asumir ese desafio con entusiasmo, por qué no termina de incorporar a su praxis política lo que en buena medida ya está en su identidad? ¿Por qué se lame como un perro sus heridas con la saliva de su propia soberbia / ignorancia? 

¿Por qué aúlla sobre viejas frustraciones? 

Durante décadas, un discurso oficial en la izquierda latinoamericana presumió de ser éticamente superior a sus adversarios meramente porque la finalidad de sus aspiraciones revolucionarias, que todo lo justificaban, establecía como verdad religiosa dónde estaba lo divino y dónde lo diabólico. 

Acaso resulte necesario buscar por ahí…. 

 Gerardo Bleier

VIII.

Toda vez que una ética (una doctrina del deber ser) cualquiera, se ha pretendido superior a otras, al menos una parte de quienes construían su identidad con base en esa pretensión no política, de fuente religiosa, han derivado hacia el fundamentalismo y cuando han accedido al poder del Estado o de una institución, han derivado hacia practicas totalitarias. La inquisición, el nazismo, el fascismo, el estalinismo… 

Esto porque la asunción de una ética que doctrinariamente excluye a otras, niega la validez de otras, inhibe el ejercicio sustancialmente humano de la “comprensión”. 

 “La comprensión, en tanto que distinta de la correcta información y del conocimiento científico es un complicado proceso que nunca produce resultados inequívocos. Es una actividad sin fin, siempre diversa y mutable, por la que aceptamos la realidad, nos reconciliamos con ella, es decir, tratamos de sentirnos en armonía con el mundo”, enseña Hannah Arendt en un ensayo breve titulado Comprensión y Política y editado en un libro cuyo prólogo es de una pobreza indigna de la obra pero que de todas maneras merece ser adquirido pues reúne una selección de formidables escritos de la más importante pensadora del Siglo XX. El libro se titula “De la historia a la acción” y fue publicado por Pensamiento Contemporáneo de Paidós. 

¿Con base en qué forma de pensamiento muchos militantes de izquierda caen con frecuencia en el grosero error de pretender que por que sus aspiraciones humanistas son loables, eso les hace ya mejores que sus adversarios, ya portadores de las ideas “verdaderas”? 

¿En qué parte de la doctrina, si es que tal es el origen de esa pretensión de superioridad, (heredera claramente de la mentalidad mesiánico - religiosa como demuestra de modo soberbio Giorgio Agamben en “El Reino y la Gloria”) se fundamenta esa actitud? 

¿En qué parte de la doctrina se encuentra la causa de que tal fenómeno se repita de muchas maneras y en diferentes niveles de gravedad en la historia de la izquierda universal? 

¿En el “jacobinismo” de Roberspierre y el uso de la guillotina, a partir de lo cual fracasó la revolución francesa, en la idea del partido de vanguardia, es decir en la interpretación leninista de Marx, (a partir de lo cual fracasó la revolución bolchevique) en la propia radicalidad discursiva de Marx, en la vulgarización por parte del marxismo sin Marx del concepto de lucha de clases proyectado como guerra de clases? 

No esperen los lectores las respuestas aquí. Apenas unos apuntes para comenzar a pensar seriamente el problema, apenas unos apuntes que en todo caso se proponen contribuir a salvar la unidad y consistencia política del proyecto de la izquierda frenteamplista, unidad y proyecto que por diversas razones está seriamente en riesgo. Seriamente en riesgo. 

Aspirar a transformar la realidad, ser de “izquierda”, además de presuponer durante buena parte de los siglos precedentes que con frecuencia resultaba necesario estar dispuesto a “entregar” la vida, implicaba e implica también un complejo drama psicológico. Aún en las sociedades democráticas. 

Todo político o intelectual de izquierda padece alguna vez el conflicto que deriva de que la aspiración a transformar la sociedad orienta sus preocupaciones esenciales cuando sin embargo debe desenvolverse en un escenario de realidad definido, que viene determinado por las condiciones de desarrollo de las estructuras económicas por un lado, y por la mentalidad dominante por otro, (las costumbres) a la que no es posible cambiar por la voluntad de un discurso político, ni a balazos, sino por el avance sistemático de un proyecto político cultural que obtenga realizaciones concretas en las condiciones concretas de la realidad socio económica que caracteriza al mundo. 

Esa disociación es imprescindible realizarla conceptualmente, pues en caso contrario produce los ya históricos y accidentados conflictos entre “visiones de izquierda”, polarizaciones divisionistas que irremediablemente conducen a formas de estereotipo del pensamiento del otro, a desconfianzas que entorpecen la calidad de gestión con base en la optimización de la inteligencia colectiva y los recursos técnicos. 

En el Uruguay y en un sentido político no es difícil de hacer esta disociación pues existe un programa político que viabiliza la concreción del proceso mediante el cual se “avanza en democracia” hacia la generación de las condiciones nacionales para que cuando en algún momento del desarrollo de las fuerzas productivas la sociedad global se vea en la necesidad de replantearse las formas de organización de la sociedad según el modelo capitalista se esté en condiciones de influir desde el punto de vista cultural. 

La democracia republicana, el estado de bienestar desprovisto de todos sus dispositivos burocráticos, como ya fue explicitado en estos apuntes, ante el fracaso de los modelos de imposición, en tanto que tales, siempre totalitarios, es el inicio del proceso y no una mera administración del capitalismo, aunque para asegurar la continuidad del proyecto de transformación no pueda sino gestionar al Estado según las lógicas del sistema político – económico en que actúa. Generar riqueza, facilitar la captación de inversión extranjera directa, fomentar el emprendedurismo, la emergencia de un empresariado nacional no meramente rentista, el empoderamiento de comunidades de trabajadores a los cuales facilitarles ingresar a la actividad productiva, incrementar la masa de jóvenes instruidos densamente, abrir espacios (darles inteligentemente una oportunidad) a los miles de muchachos que hoy ni trabajan ni estudian porque en lugar de “arrancar para las ocho horas” por unos pocos pesos prefieren buscar otras formas de autonomía, algunas de ellas tan riesgosas que los exponen a la muerte, pero otras muy innovadoras, es tarea suficientemente profunda como para subestimarla en nombre de pretensiones finalistas ni siquiera fundamentadas. 

La asimilación de este marco conceptual con el que consensuar el proyecto político cultural de transformación de la sociedad por parte de todo el Frente Amplio es la única garantía para preservar su unidad y su rol histórico no sólo en relación al Uruguay sino también en relación a la posibilidad de lograr constituirse como un modelo de gobierno y gestión política para el universo del pensamiento de izquierda mundial. 

Cualquiera comprende ya, salvo que padezca alguna suerte de narcisismo pequeñoburgués, o de resentimiento lumpen proletario, que mientras no se generen las condiciones para descomponer definitivamente las lógicas capitalistas derivadas de la competencia entre estados nación, países en desarrollo, y países y grupos de poder que para asegurar sus privilegios intervienen cíclicamente según formas de solución de conflictos propiamente imperialistas no existe ninguna posibilidad de implementar una transformación no capitalista de la realidad en el marco de un estado nacional. 

Todo lo que la izquierda puede hacer, siempre y cuando preserve su unidad y el gobierno, naturalmente, es generar las políticas que permitan establecer contrapesos para evitar desde el Estado la emergencia de grupos de poder que puedan influir en los acontecimientos con mayor capacidad que el propio poder del Estado. Y esto es profundamente revolucionario. 

Lograr eso sin perder oportunidades de desarrollo es profundamente revolucionario pues únicamente a partir de un tal estado de situación es posible implementar políticas de empoderamiento de comunidades de trabajadores, garantía última y esencial de que pueda viabilizarse no ya únicamente una real redistribución de la riqueza sino una estructura diversificada del poder que asegure la calidad de la democracia republicana. “Sólo el poder, contraresta al poder, sin destruirlo, sin sustituir el poder por la impotencia”, recordamos ya que nos enseñaba Hannah Arendt. 

Tal es la prioridad fundamental de todo programa político – económico de un gobierno de izquierda y sin embargo, para que resulte posible implementar ese proyecto, las políticas de fomento al emprendedurismo que conduzcan a la sociedad en esa dirección, resulta imprescindible conducir con seriedad y profesionalidad la política de captación de inversiones, sin las cuales, tomando en cuenta las siempre crecientes necesidades de recursos, tanto para hacer frente a las rémoras del pasado como a los nuevos desafíos de la modernización solidaria, todo es una quimera. 

En el momento en que escribo estas líneas, que cuando sean editadas para un posible libro no contendrán estos comentarios de coyuntura, parece prudente enfatizar que la forma en que se está procesando el tratamiento de importantes inversiones extranjeras directas asusta por su falta de seriedad. 

Cuando un Estado no dispone de los recursos para explotar una riqueza, o para refundar sus líneas férreas, la llegada de un inversor dispuesto a armar la ingeniera jurídico financiera para hacerlo posible no puede ser obstaculizada. 

Se establecerán los controles y regulaciones que resulten necesarias, pero obstaculizarlas es reiterar un error que ya se cometió hace décadas y que en el puerto de Montevideo condujo a la denigrante imagen de las grúas herrumbradas y la perdida de su significación regional. 

Hay países, que por la debilidad de sus instituciones y sus Estados al facilitar el ingreso de capitales multinacionales corren serios riesgos de perder autonomía. No es el caso del Uruguay, que cuenta con un sistema político mayormente maduro, con instrumentos de poder (“Sólo el poder, contraresta al poder, sin destruirlo, sin sustituir el poder por la impotencia”) como las estratégicas empresas del Estado, ANCAP, ANTEL, BROU, AFAP República, UTE, OSE, CND, BHU. 

En el mundo en el que nos desenvolvemos, como ya fue sucintamente dicho, que atraviesa una crisis que no es la tan anunciada y nunca confirmada “crisis final del capitalismo” el proceso de debilitamiento de la mayoría de los Estados nación entraña desafíos que demandan respuestas extremadamente sofisticadas y flexibles. 

Es posible predecir, aunque todavía no de manera categórica, que lograrán sobreponerse a la globalización y al fenómeno de la producción de casi todos los bienes en China unos pocos conjuntos de Estados nación aliados: 1.- Estados Unidos, Canadá, Israel, Japón, Corea del Sur; 2.- Alemania, Francia, los países escandinavos y Rusia; 3.- Gran Bretaña, India, Australia; 4.- Brasil, Uruguay, Argentina, Chile y 5.- la propia China. 

Todos los demás países del mundo afrontarán enormes dificultades para mantener la autonomía de sus Estados nación tal y como los conocimos en la Sociedad Industrial. 

Es posible no obstante, que muchos de los países que enfrentarán severos problemas para resultar competitivos y alcanzar niveles de producción de riqueza suficiente a efectos de preservar la cohesión de sus sociedades protagonicen aceleradas transformaciones en sus estructuras institucionales, con la emergencia de comunidades de productores pequeñas y medianas muy integradas a la sociedad global. El país Vasco muestra ya manifestaciones de esta tendencia, sobre todo ahora que cerró o se encamina a cerrar definitivamente el bloqueo al desarrollo de la calidad de su democracia jaqueada por el fenómeno ETA, lo propio ocurre en otros pequeños estados que cuentan con importantes recursos naturales. 

En fin, el tema es muy hondo y excede las pretensiones de estos apuntes, pero bien vale dejarlo anotado, pues contribuye a facilitar la observación de la entidad de las transformaciones que tienen lugar en el mundo y por lo mismo, la entidad de los desafíos intelectuales y prácticos para la izquierda uruguaya. 

¿Por qué? Porque diferenciar entre la aspiración cultural de contribuir a que la humanidad genere las condiciones para organizar una sociedad global sin clases y la práctica política transformadora en el mundo tal cual hoy se presenta es parte esencial del marco conceptual a partir del cual resulta necesario recrear el entusiasmo político del proyecto frenteamplista. 

Las dificultades para comprender la complejidad de la sociedad actual están en la base de buena parte de los problemas que afectan al funcionamiento unitario de la izquierda uruguaya, y por tanto, también a la capacidad de la mayoría de sus dirigentes para gestionar políticamente con eficiencia tanto la acción de gobierno como la acción político partidaria. 

Acaso nos haya ocurrido que dejamos crecer demasiado, incrementarse de forma desmedida a los “militantes profesionales” de los cuales es recomendable desconfiar siempre pues son muy raras las ocasiones, muy poco frecuentes los casos en que no terminan encerrados en discursos vacíos con los cuales alimentan una especie de burocratismo intelectual, aún cuando en el discurso se pretendan “defensores de los intereses del proletariado”. 

Acaso el grave conflicto entre individualismo (que la sociedad de consumo en su más exacerbada expresión de los noventa estimuló hasta el paroxismo) y participación vacía de contenidos haya degradado la cultura de la fraternidad que caracterizaba esencialmente a la izquierda uruguaya, su espíritu crítico. 

Son en estos días tantos los adherentes de izquierda que se manifiestan “decepcionados” que parece necesario reflexionar con sobriedad y seriedad sobre las posibles razones no anecdóticas que pueden encontrarse detrás de ese sentimiento que aquí en algunos sentidos difiere del que tiene lugar hace ya más de veinte años en la Europa postmoderna. 

Pero en lo referente a la crítica del totalitarismo, que el posmodernismo pretendió hacer llevándose de paso a la tumba a las aspiraciones de transformar la sociedad lo que diferencia a Europa y Uruguay es que aquí, sencillamente, desde el punto de vista intelectual, no se hizo. 

Y ahora se paga. 

Navegar no es necesario, vivir lo es, pero cuando se navega, se gobierna, no es posible hacerlo sin instrumentos. 

Otro nivel de crisis, es el que se deriva de que la sociedad uruguaya funciona en dos escenarios diferentes. Hay un teatro de operaciones donde se desenvuelven los profesionales de la política en el que abundan las más diversas formas del individualismo o en un esfuerzo contestario a ese comportamiento, grupos de “militantes” boina en mente, que posan de humildes “laburantes” de la revolución social, (y a veces lo son) pero que operan sobre la realidad casi inconscientemente desde esa pretensión de superioridad moral a la que se aludía más arriba de modo que al pensarse en colectivo, tienden a confiar únicamente en sus pares, aunque sus pares las más de las veces no hayan mostrado ser mejores a los impares más que en la pose y a veces, en la “entrega”. 

En este mismo “tablado”, andan de disfraz en disfraz cantando a Silvio Rodríguez unos “tipos humanos” de otra naturaleza. Han devenido últimamente ecologistas. Alguien plantea que resulta necesario hacer un puerto de aguas profundas para terminar de consolidar al Uruguay como Centro Logístico Regional, es decir para seguir generando riqueza a los efectos de destinar mayores partidas para la educación y las políticas públicas que procuran resolver el problema de la pobreza crítica y ellos dicen que hay un conflicto de modelos entre lo natural y lo productivo, sobre todo si lo natural es el lugar paradisíaco en el que tienen su casa de veraneo. Y así. Andan todos quisquillosos o desconfiados, decepcionados o tartamudos. 

Pero hay otro país, otro escenario. El de los nuevos emprendedores, el de los creadores, el de los innovadores, el de los empresarios que buscan nuevos rumbos, el de los trabajadores capacitándose para asumir audaces desafíos, el de los universitarios que ya habitan en el mundo, intercambian información e ideas con el mundo, producen en red, piensan en red. 

Los dos países están llenos de gente de izquierda frenteamplista. 

Es improbable que miles de ellos permanezcan sin embargo en el Frente Amplio, aun siendo frenteamplistas, si, como todo indica va a ocurrir a pesar del partido Frente Amplio y a pesar de algunos sectores del gobierno el Uruguay sigue modernizando a su economía y a su sociedad, integrándose comercial y culturalmente al mundo que se transforma, y si, unos se esfuercen por comprender y por tanto disfrutan de la aventura de la transformación y de sus propias peripecias personales y otros se esfuerzan por cargar con mochilas que contienen una pocas ideas, (algunas de ellas muy valiosas) pero que pesan hasta empujarlos hacia el pantano, porque para preservar su "pureza" han dejado de airearlas, como Marx quería, en el oxígeno de la sociedad en movimiento. 

La razon por la cual todos los problemas que en estos apuntes se han planteado y otros que quedan en el tintero emergen ahora es, quizá, porque el Uruguay se encuentra en pleno proceso de transformación, en una honda y apasionante crisis de transformación. 

Ante esta apasionante agitación de cambio se puede optar por el individualismo, por el sectarismo de los cobardes, por el sectarismo de los fundamentalismos religiosos o lo que es lo mismo por la soberbia de los dueños de la verdad, por vestirse el uniforme de comisario de la pureza de la raza de los revolucionarios o por la integración fraterna a un proyecto común en una dialéctica de fermental intercambio de formas de comprender, y por tanto, luego, de hacer. 

Benjamin Constant pasará su vida debatiéndose en esta paradoja que no lo es: ¿cómo defender la autonomía política del individuo dada su extrema dependencia social? “Extraña especie humana! Exclama en su Journal, que no puede ser nunca independiente” y le responde Todorov “Pero la dependencia no es alienante, la sociabilidad no es maldita, es liberadora; hay que deshacerse de las ilusiones individualistas”. “Preocuparse por los otros no significa en absoluto privarse de uno mismo. (…) Esta comprobación que podría aparecer como un elogio a la vida en común, debe hacernos conscientes de las amenazas que pesan sobre ella. Rousseau, el primero en Occidente que supo identificar el carácter social constitutivo de nuestra especie no ha dejado de percibirlo. No existe felicidad sin los otros” recuerda Todorov que afirmaba el sabio francés. Y reflexiona: “Ya que los hombres no pueden individualmente mandar sobre sus deseos, mucho menos sobre los de los otros (…) ¿Qué hacer entonces? ¿Encerrase en una soledad elevada, como lo preconizan los estoicos para ahorrase decepciones futuras? ¿Desprenderse de los bienes terrenales, como lo recomienda San Agustín, para sólo amar infinitamente al único ser infinito, Dios? ¿O bien aceptar nuestra condición, como nos incita a hacerlo Rousseau, sin esperanza de vida eterna ni de alma inmortal, sin el consuelo de una supervivencia por medio de la comunidad, descendencia o las obras, estos sustitutos de la inmortalidad? 

La vida en común, añade luego Todorov, sólo garantiza, y en el mejor de los casos, una endeble felicidad”.

Tal es la contradicción específica de la condición humana: nuestra conciencia y nuestros deseos habitan el presente perpetuo y se mueven en el infinito; nuestra existencia, en cambio, se desarrolla en el tiempo que sólo tiene una extensión finita”. (…) “La sociedad misma vive en el tiempo y todos sus equilibrios son forzosamente precarios: no hay que esperar que los conflictos desaparezcan, sino simplemente que se arreglen sin violencia”. 

 Gerardo Bleier