Por primera vez desde que yo tengo
uso de razón política, un grupo de poder e interés compuesto por profesionales
de los partidos tradicionales desplazados de varias estructuras del Estado de
las que formaban parte o en torno de las cuales orbitaban están logrando
intervenir en “la interna” de la izquierda uruguaya alimentando un proceso de balcanización que naturalmente no fue
iniciado por sus acciones pero en cuyo marco han sabido desenvolverse y se
están desenvolviendo con extrema lucidez y profesionalidad.
¿Por qué ha podido tal cosa ocurrir? Es, naturalmente necesario, preguntarse.
Algunas respuestas simples podrían ser del orden de las siguientes.
Porque el Frente Amplio no funciona.
¿Por qué ha podido tal cosa ocurrir? Es, naturalmente necesario, preguntarse.
Algunas respuestas simples podrían ser del orden de las siguientes.
Porque el Frente Amplio no funciona.
Porque la gestión de gobierno ocupa (absorbe) a las mentes más inteligentes de la izquierda.
Porque la competencia entre grupos por la hegemonía al interior de la izquierda con algunos actores “sobreexcitados” en su ambición de poder personal ha facilitado procesos de polarización política.
Por esto y por aquello, como diría el viejo sabio.
(Como los asuntos arriba enunciados evidentemente forman parte del problema yo he decidido votar en las internas por Juan Castillo a la Presidencia del FA, al que considero el único de los candidatos distanciado de los intereses sectoriales de corto plazo y cuya radicalidad democrático – unitaria necesaria para iniciar el proceso de refundación de la organización política ya ha sido puesta a prueba en el PIT - CNT).
Por esto y aquello sí, y las elecciones internas buscan responder a esos problemas. Sin embargo, las elecciones internas son una anécdota, si la elite de la izquierda no reflexiona hondamente sobre las causas profundas por las cuales ha podido ocurrir que decenas de militantes intermedios del Frente Amplio estén siendo manipulados por actores externos que con lúcida profesionalidad han sabido por vez primera utilizar las vulnerabilidades de una mentalidad política todavía no superada por cientos de cuadros frenteamplistas, algunos de los cuales se sorprenderían si alguien los calificase como lo haré en seguida, pero que es en base a esa forma de interpretar la praxis política con la que actúan.
Esa mentalidad política es el estalinismo.
EL ESTADO
Hay razones suficientes para que
tendamos a creer que el poder es “lo que está arriba”. Dios viene de allá.
También el Estado fue situado simbólicamente arriba, lejos y arriba y los
monumentos a su “gloria” eran altos, altos e imponentes.
Así debía ser, el Estado nacional demandaba que en su honor entregásemos la vida cuando fuese necesario.
“El sacrificio por la individualidad del Estado representa la relación sustancial de todos con el todo y, por tanto, represente un deber general”, escribía con toda seriedad Hegel en su Filosofía del Derecho.
Si en el extremo el “espíritu absoluto” que sustituye a Dios, el Estado, puede disponer de la vida singular de cada individuo para asegurar “nuestra” supervivencia, podrá, naturalmente, “disciplinarnos” o bien según una moral hegemónica en la peor versión o bien según el derecho positivo en la mejor. No obstante, el Estado no es “todo”, según vinieron a demostrar más lúcidamente Marx primero y Gramsci, Foucault y Habermas luego.
EL REPUBLICANISMO
La idea iluminó la sublime inteligencia de Maquiavelo como una revelación: el poder sin límites dispone de una atroz capacidad de destrucción de los tejidos de la comunidad y sin embargo, a primera vista pareciera que únicamente haciendo uso de esa capacidad el que lo detenta es capaz de preservarlo.
De tal suerte, limitar la capacidad destructiva del poder en todos sus niveles resultaba esencial a la supervivencia de una nación. Hobbes y Rousseau reflexionaron centralmente sobre ello. Montesquieu, Jefferson, y Hannah Arendt fueron aún más lejos. Observaron que la forma de establecer límites al poder estatal por parte de la sociedad política, de la comunidad, de las instituciones, debía idearse de modo sofisticado, para no convertir al poder, en su capacidad de realización organizadora, en un monstruo impotente ni a la propia sociedad en una manada limitada en el ejercicio de su libertad individual.
Ni un monstruo destructor, ni un monstruo impotente.
Esa creación original y sofisticada es, como ya lo habían intuido Maquiavelo, Jefferson y muchos otros, el republicanismo.
El establecimiento de reglas de juego que al mismo tiempo que conceden legitimidad al poder de las instituciones democráticas establecen mecanismos para que el propio soberano, la sociedad organizada, pueda controlarlo.
En periodos no revolucionarios, en
los que es dable analizar e implementar transformaciones estructurales muy
hondas, a veces civilizatorias, la principal función del sistema de partidos es
no casualmente controlar posibles desbordes de cualquiera de sus integrantes,
(es decir el tema de la libertad y los derechos de los individuos) y tal
responsabilidad también ocupa un lugar preponderante en la agenda de la
sociedad civil organizada que sin embargo frecuentemente participa
sustancialmente de la acción en relación con la cuestión de la igualdad.
El normal desenvolvimiento de estas posibilidades de la acción democrática tiene lugar sin embargo, únicamente en un escenario de garantías, de pesos y contrapesos que no involucran únicamente al vértice del poder estatal, sino a todos los estamentos y agentes en condiciones de ejercer algún tipo de decisión que afecta la libertad de cualquier ciudadano. El abuso de poder es algo que puede darse en cualquiera de los niveles de las instituciones de la democracia por parte de un número muy significativo de sus principales agentes con capacidad de decisión.
(En el Uruguay la tradición republicana ha penetrado hondamente en la cultura política y en la vida de las instituciones de la democracia desde lo más hondo de la historia en sus períodos fundacionales: Artigas fue vivamente influenciado por Jefferson; Don José Batlle y Ordoñez imaginó el sistema colegiado de gobierno con igual propósito garantista y nuestro principal filósofo, Carlos Vaz Ferreira desde su igualitarismo individualista radical educó a generaciones en estas ideas).
EL LENINISMO ESTALINISTA
¿Qué es el leninismo después de Lenin?: un marxismo sin crítica, es decir un marxismo – contra Lenin- sin política. Y por qué pudo surgir de una filosofía de la praxis, es decir, crítica. Para responder a esta inquietud hay que preguntarse otra cosa. ¿Qué es el leninismo en su sustancia? Es la doctrina según la cual no existe ninguna posibilidad de concretar la superación de la sociedad dividida en clases si quienes aspiran a implementar esa transformación no acceden al control monopólico del poder del Estado - nacional. Sin acceder por parte de una vanguardia de forma monopólica al poder del Estado.
¿Por qué es relevante para la izquierda realizar la crítica de esa doctrina y de sus consecuencias? Porque de esa lógica y de la radicalidad de su discurso surge una mentalidad, una manera de actuar en la praxis política que inexorablemente conduce a instalar el conflicto amigo – enemigo en la centralidad de la cuestión política anulando cualquier posibilidad de desarrollo de una cultura democrática.
Se produce una distorsión del análisis marxiano sobre la lucha de clases sustituyéndola por un discurso que legitima la violencia ya no en función de un momento, un instante del conflicto, sino como método. Dos intelectuales con reflexiones de apariencia revolucionaria y que derivaron en sustento teórico del fascismo y el nazismo percibieron ya hace un siglo las vulnerabilidades que abría la consolidación de esa lectura estalinista de la obra de Lenin y la usaron, de una manera u otra, contra el propio proceso de transformación de la sociedad: Georges Sorel y Carl Schmitt.
A la postre, la degradación de la búsqueda de legitimidad en la sociedad por parte del propio discurso transformador, como percibió Gramsci sin entrar en debate directo con Lenin por razones obvias, (escribió, reflexionó cuando todavía podía dársele cierto crédito a la Revolución Rusa) conduce a una no – ética política según la cual “el fin justifica los medios”.
Esta mentalidad a su vez, establece
como inviable al pluralismo y con ello a cualquier construcción político
cultural civilizatoria.
¿Por qué ocurrió? La obsesión de Lenin por llevar a cabo la revolución en Rusia, Alemania, Inglaterra y Francia acaso desesperado ante la observación del ritmo al que la burguesía se consolidaba en el control profesional del aparato del Estado nacional hacia fines del Siglo XIX le llevó, en “El Estado y la Revolución”, a dogmatizar dramáticamente a Marx, cuya voluntad revolucionaria no necesitaba el añadido de un discurso tan radicalmente no político, como vino a poner de manifiesto, sin someter a crítica al líder revolucionario ruso, pero “trabajando” otra lógica, Antonio Gramsci.
Lo que Gramsci esencialmente percibió es que la acción de imposición violenta de una “moral excluyente” (por eso de tipo religiosa) en el afán por acceder o conservar el poder del Estado destruye a la comunidad y convoca a los heridos y a los hijos de los muertos a reunirse para vengar la acción destructiva, no meramente por un sentimiento humano (los animales no se matan salvo excepcionalmente entre integrantes de una misma especie) sino por el afán razonado de evitar a sus descendientes el mismo conflicto violento.
Ya los griegos comprendieron esto y por ello inventaron la democracia.
Las lógicas de preservación del poder de todas las mentalidades totalitarias se limitan instrumentalmente a las que derivan de la imposición de la fuerza, pero políticamente el poder no se alcanza nunca por tiempos prolongados (la única manera que habilita alguna forma de transformación sustancial), si no se sustenta en una cosmovisión cultural que probadamente resuelva problemas propios del tiempo histórico tomando en consideración la suma de saberes y la evolución de las fuerzas productivas que cada civilización va alcanzando.
APUNTES DE COYUNTURA
Desde el punto de vista de la unidad de la izquierda, la mentalidad “estalinista” de la que son portadores como un virus decenas de dirigentes y militantes de todos los sectores, aunque muchos de quienes la practican se sorprenderían de ser calificados así, tiene una particularidad, es fácilmente manipulable.
Esa transversalidad de la mentalidad estalinista es lo que fundamenta por qué me ha parecido siempre despreciable la pretensión de instalar en la izquierda la polarización renovadores y conservadores así como esa otra vulgaridad de igual procedencia de quienes se creen ellos mismos los únicos revolucionarios legítimos irradiando desconfianza en todos los demás.
Un fiscal, un dirigente sindical, un empresario, cualquiera puede incurrir en prácticas estalinistas ( aunque difícilmente esto pueda ocurrir por mucho tiempo en cualquier institución estatal porque el sistema de contralores republicanos en la democracia uruguaya todavía es parte sustancial de sus lógicas de funcionamiento) y hasta puede pasarse de contrabando detrás de un discurso revolucionario que busca tal o cual finalidad una práctica que procura en realidad satisfacer intereses de poder no controlados por ninguna estructura partidaria democrática. Cualquiera puede ocultar incluso ambiciones personales detrás de ese discurso presuntamente revolucionario pero que siempre e inexorablemente conduce a una degradación moral del proyecto político de transformación de la sociedad.
Es esta mentalidad la que ha propiciado que los grupos de poder más inteligentes y organizados de la derecha se estén haciendo un festín con el proceso de balcanización de la izquierda, estimulado por tirios y troyanos e intervienen azuzando conflictos en los cuales se juzga sumariamente a otros, se establecen polarizaciones vacías de contenido, se desarrollan y ahondan las desconfianzas entre las diferentes tradiciones que componen el Frente Amplio…
La consecuencia más grave de esta intervención sobre terreno cultivado por las propias carencias críticas es sin embargo que ha obstruido el proceso de acumulación política de la izquierda cuando, como lo han demostrado con solvencia técnica Mario Bergara y Daniel Olesker (por citar dos textos recientes) en áreas estratégicas las transformaciones que han tenido y tienen lugar en la economía uruguaya deberían haber incrementado significativamente el respaldo de la sociedad al proyecto político frenteamplista.
Lo que la izquierda ha hecho en siete años de gobierno es profundamente revolucionario tomando en consideración la complejidad del mundo en que habitamos, sin embargo, el discurso pequeño burgués del desasosiego que tan hondo cala en la mentalidad estalinista ha logrado permear a una buena parte de la elite de la propia izquierda, inviabilizando la generación de un entusiasmo transformador que acompañe el proceso y generando al mismo tiempo, espacio de intervención manipuladora sobre las mentes y las prácticas de muchos de los componentes partidarios con capacidad de decisión.
Es fácilmente observable asimismo y dicho sea al pasar porque no es el tema de fondo, la acción de “frenteamplistas” con perfil falso o recién llegados cuya trayectoria se desconoce operando en las redes sociales azuzando la balcanización.
No puede dejar de hacerse notar, en estos apuntes más bien a las apuradas, aunque pueda parece a priori un tema menor, que ciertamente hay componentes estructurales que facilitan esta acción desestabilizadora de la calidad de la cultura política de la izquierda: en muchos campos hay mucho dinero en juego.
Dinero en la forma de un incremento muy significativo de la capacidad de acceder a niveles de vida impensados para muchas personas antes de que la izquierda llegase al poder. Se sabe que una vez que se accede a esos privilegios a nadie le agrada perderlos.
Acceso a dinero porque los actores se desenvuelven en sectores de la economía en notorio crecimiento, porque orbitan en torno a la toma de las decisiones o forman parte de la estructura estatal donde ellas se toman. Dinero cuya obtención frecuentemente se justifica en acciones para “la corona” (no necesariamente en forma de coimas sino de construcción de espacios de poder) (el fin justifica los medios) pero que en realidad encubren la satisfacción de muy humanos apetitos personales de poder. Otra forma al uso de justificación de prácticas excluyentes, (conspiraciones que diseñan concentración de poder en unas manos y no en otras) se legitiman directamente en subjetividades “argumentadas” así de seriamente: el antitabarecismo (fijate vos otra vez ese viejo), el anti topolankysmo, (fijate vos esa kirchnerista), el antiastorismo (fijate vos ese neoliberal). “Fijate vos que tal o cual está construyendo poder para el “astorismo” contra Tabaré, o para Tabaré contra Astori”, con lo que parece que resulta suficiente “argumento” para disputar a muerte espacios en tal o cual lugar donde se manejan recursos de la cooperación internacional o en algún sector del mercado y así…. Cosas así, de enorme grandeza.
Si el partido político no observa, sin perseguirse pero con rigurosidad, la emergencia de estos fenómenos y sus consecuencias en la calidad de la praxis transformadora, en el contexto de la sociedad en que habitamos, es un camino seguro a la degradación de su legitimidad transformadora.
En general, se tiende a criticar al
poder mirando hacia arriba, lo que es razonable, como vimos antes, pero este
estado de situación hace necesario mirar en todas direcciones, tanto los
posibles desbordes por razones de dogmatismo ideológico y pretensión de poseer
una moral excluyente, (la única que vale es la mía, tan propia del
estalinismo), como los desbordes que derivan de un desmadre de las ambiciones
personales ya sean políticas o pecuniarias.
Por ello es importante también la elección del Presidente del Frente Amplio, porque tiene que ser la organización que reúne a todos los sectores,
- el amiguismo suele ser terriblemente pernicioso en la práctica política - el que desenvuelva acciones de control de posible desvíos. En este campo también confío en Juan Castillo.
No se trata de juzgar sumariamente el desempeño de las personas, ni las presuntamente muy encumbradas ni de las que operan en espacios menos visibles, se trata de mirar el desenvolvimiento de los actores con inteligencia política y rigor ético ajustándose a las exigencias de una cultura democrático republicana por suerte metida en la médula de la sociedad uruguaya.
Finalmente, cualquiera comprende que la aproximación del momento en que va a definirse el liderazgo futuro de la izquierda tanto en relación con la disputa por la candidatura presidencial como en el perfilamiento de los dirigentes sectoriales que sucederán a los ya veteranos hoy todavía consolidados en la opinión pública es otro componente sustancial que habilita la acción de actores externos en el proceso de balcanización que viene teniendo lugar desde hace por lo menos tres años.
La resolución de esta pugna, desde una perspectiva inteligentemente sistémica, (sistémica desde el punto de vista de la institución Frente Amplio y por tanto de su proyecto político), no va a resolverse con exhortaciones del deber ser.
Debiera ser así o asá por que la moral de la izquierda, la historia común, el futuro pluscuamperfecto etcétera. Esos llamamientos no resultan más que exhortaciones voluntaristas porque el animal humano – todavía los que aspiramos a viabilizar una sociedad sin clases no hemos generado las condiciones para el surgimiento del hombre nuevo- se mueve aún esencialmente por razones de interés, dogmatismo ideológico / religioso (contra el cual advirtieron Marx, Engels, Lenin y Gramsci sin excepción) o vanidad, de suerte que únicamente la inteligencia política logrará diseñar las reglas de juego consensuadas para recrear el frenteamplismo en su mejor versión.
A Tabaré Vázquez, José Mujica y Danilo Astori. A los emergentes Raúl Sendic, Daniel Martínez y Fernando Lorenzo así como otro dirigentes sectoriales de peso como Lucía Topolansky, Enrique Rubio, Juan Castillo les cabe una responsabilidad histórica para la cual ojala estén a la altura.
Esto de observar todos los días cómo
una organización política que tuvo la sabiduría de superar un intento de
destrucción para el cual se utilizó hasta el aparato coercitivo militar del
Estado es manipulada desde afuera utilizando con profesionalidad y lucidez sus
debilidades internas resulta ya un espectáculo penoso que es hora de resolver
radicalmente.
La única manera de hacerlo es
ponerle límites a todos los desbordes desde una conducción política que
como quiso siempre el General Líber Seregni piense tácticamente con rigor intelectual,
estratégicamente con hondura y políticamente con democraticidad, imaginación y
amplitud.
Gerardo Bleier








